Igual Me Matas: cuando el cansancio de una generación se convierte en un disco para entrar a vivir

Hay discos que nacen para entretener. Otros, para acompañar. Y luego están esos que parecen escritos desde la misma habitación en la que tantos jóvenes hacen cuentas a final de mes, encadenan trabajos precarios, buscan un alquiler imposible y se preguntan cuándo empezó todo a ser tan complicado. Para entrar a vivir, el debut de Igual Me Matas, pertenece a esta última categoría.

El cuarteto madrileño presenta su primer álbum sin grandes artificios ni discursos grandilocuentes. Tampoco los necesita. Sus canciones hablan desde la experiencia propia, pero encuentran eco en cualquiera que haya sentido que el tiempo nunca alcanza, que la ansiedad se ha convertido en paisaje cotidiano o que la ciudad en la que creció ya no parece hecha para quienes la habitan.

El título del disco es toda una declaración de intenciones. En un primer vistazo remite inevitablemente a la crisis de la vivienda que atraviesa buena parte del país, pero para la banda también guarda un significado mucho más íntimo. Durante el proceso creativo utilizaban la expresión «esto ya está para entrar a vivir» cuando una canción estaba lista para dar el siguiente paso y entrar en el estudio. Al final, aquella broma interna terminó convirtiéndose en el nombre perfecto para un trabajo que juega constantemente entre la ironía y la crítica social.

Lejos de responder a un concepto preconcebido, el álbum fue tomando forma casi de manera orgánica. No existía un plan cerrado ni una narrativa diseñada de antemano. Fueron las propias canciones las que terminaron encontrando un punto de unión, hasta dibujar un recorrido emocional que transita por el agotamiento, la nostalgia, la frustración y también por la necesidad de seguir adelante.

Aunque las letras transmiten cierta melancolía, el grupo reconoce que detrás del disco no hay un gran drama concreto. El momento más duro llegó incluso antes de que Igual Me Matas existiera. Los cuatro músicos compartían un proyecto anterior cuya ruptura resultó especialmente dolorosa y que acabó convirtiéndose en una de las heridas que alimentan algunas de las canciones del álbum. En lugar de detenerse, decidieron empezar de nuevo, conservar la química que existía entre ellos y construir otra identidad desde cero.

Si hubiera que escoger una única canción para entender quiénes son, no dudan: No me da la vida. Fue el primer adelanto y continúa siendo la mejor carta de presentación posible. Resume su sonido, pero también una manera de enfrentarse al día a día que resulta dolorosamente familiar para toda una generación. Vivir deprisa, correr de un sitio a otro, improvisar constantemente y sentir que nunca hay tiempo suficiente.

Esa honestidad es precisamente uno de los pilares del grupo. Igual Me Matas no pretende escribir himnos generacionales de forma consciente. Simplemente hablan de lo que les ocurre. La conexión llega porque, en el fondo, las preocupaciones son compartidas. La precariedad laboral, la ansiedad, la incertidumbre o la sensación de ir siempre por detrás del reloj forman parte de la conversación cotidiana de miles de personas.

Más que rabia, en sus canciones hay cansancio. Un cansancio que a veces explota en forma de guitarras afiladas y otras se esconde detrás de melodías aparentemente más tranquilas. También detrás del humor. La ironía atraviesa buena parte de sus composiciones y de su manera de entender la música. Reírse de uno mismo y del contexto que les rodea es, en cierto modo, otra forma de resistencia.

Esa mirada también alcanza a Madrid. La ciudad aparece constantemente en el disco y en la conversación con la banda. No como un simple escenario, sino como uno de los grandes protagonistas. La capital que describen está marcada por la gentrificación, por los alquileres imposibles y por la sensación de que cada vez resulta más difícil construir un proyecto de vida en ella. Madrid sigue siendo una ciudad fascinante para quien llega unos días, reconocen, pero vivir en ella se ha convertido en un desafío permanente para quienes trabajan y quieren quedarse.

Su visión social aparece de forma natural en las canciones. No buscan hacer panfletos políticos ni escribir consignas, sino hablar de aquello que consideran justo: la vivienda, la sanidad pública, la educación o las desigualdades que observan a su alrededor. Son asuntos que atraviesan su día a día y, por tanto, también terminan colándose en sus letras. Para ellos resulta imposible separar completamente la música de la realidad.

Definir su sonido, sin embargo, les cuesta mucho más. Rock, punk, stoner… Las etiquetas aparecen constantemente cuando se habla de Igual Me Matas, pero ellos prefieren evitarlas. Asumen que todas contienen una parte de verdad, aunque ninguna explica del todo lo que hacen. Su música nace de todo aquello que llevan años escuchando y mezclando sin demasiadas reglas: guitarras contundentes, melodías memorables y un equilibrio constante entre la contundencia y la emoción.

Hay otra característica que termina diferenciándolos: las voces. Los distintos miembros de la banda se reparten el protagonismo vocal con absoluta naturalidad, una decisión que fue apareciendo durante los ensayos y que terminó definiendo su identidad. Cada canción encuentra de manera casi intuitiva la voz que mejor puede contarla.

Pero si hay un lugar donde Igual Me Matas cobra verdadero sentido es el escenario. El grupo reivindica una forma de trabajar cada vez menos habitual: las canciones nacen en el local de ensayo, con los instrumentos colgados y tocando juntos. Después llegan el estudio y los pequeños retoques, pero la esencia permanece intacta. Por eso aseguran que el disco suena exactamente igual que sus conciertos. No han intentado embellecer artificialmente las canciones; simplemente han capturado lo que ya ocurría cuando las tocaban frente a frente.

Quizá por eso hablan del directo con una mezcla de orgullo y emoción. Les gusta ver a la gente saltar, sudar y dejarse llevar por las guitarras, pero también disfrutan de esos instantes en los que el público permanece inmóvil, escuchando con atención. Ambas reacciones significan que las canciones están llegando donde deben.

Durante la entrevista también hubo espacio para descubrir el lado más cercano del grupo. Hablaron de los conciertos que les cambiaron la vida —desde Arctic Monkeys hasta Tame Impala—, de las bandas actuales que más escuchan, de su sueño de llenar salas como La Riviera y de cómo cada uno aporta una pieza distinta al puzle que forman juntos. Entre bromas y confesiones terminaron definiéndose como una banda profundamente democrática, aunque reconocen que Jaime ejerce, casi sin querer, ese papel de motor silencioso que mantiene todo en marcha.

Esa complicidad atraviesa toda la conversación. Se interrumpen, se ríen, completan las respuestas del compañero y convierten la entrevista en una charla entre amigos. Es precisamente esa naturalidad la que termina explicando por qué Para entrar a vivir funciona tan bien. No intenta parecer auténtico. Lo es.

En un panorama musical donde muchas veces pesa más la estrategia que las canciones, Igual Me Matas apuesta por algo mucho más sencillo y, precisamente por ello, más difícil de encontrar: escribir desde la honestidad. Sin disfraces, sin personajes y sin fórmulas prefabricadas. Hablan de ellos mismos y, casi sin proponérselo, acaban hablando de todos nosotros.

Porque quizá el verdadero hogar del que habla Para entrar a vivir no sea un piso imposible en Madrid. Quizá sea ese lugar que encontramos cuando una canción consigue poner palabras a aquello que llevábamos demasiado tiempo sintiendo sin saber cómo explicarlo.

La entrevista completa con Igual Me Matas puede escucharse en el audio que acompaña esta publicación.

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Entrevista Igual me matas

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