Paredes de Coura 2026: Música, pogos y Free Palestine

Un debut personal inolvidable en el Alto Miño. Entre chapuzones fluviales, cuestas rompepiernas, mosh desenfrenados y proclamas reivindicativas, el Paredes de Coura demostró por qué es uno de los refugios predilectos de la música alternativa. Crónica de una primera vez marcada por la comunión absoluta entre bandas de todo el globo y un público entregado.

El descubrimiento del Alto Miño

Este año debutamos en el festival Paredes de Coura y la verdad es que la realidad superó con creces las expectativas. Llegué el miércoles a mediodía y ya se respiraba el aire festivo en el pequeño pueblo del Alto Miño portugués.

Después de acreditarme, me pasé por una de las zonas que más interés me generaba: la playa fluvial de Taboão. Y, en efecto, las expectativas se cumplieron al verla repleta de gente en los famosos hinchables, y tirándose desde el trampolín a la pequeña poza que forma el río en un pequeño regato.

Ya por la tarde, me acerqué a ver a los Westside Cowboys, una banda de pop-rock de Manchester con tintes indie bastante original que dio un bolo muy divertido. Pero, sin duda, antes de eso, lo que me impresionó fue el escenario principal del festival. Situado en un anfiteatro natural en una ladera, proporciona una acústica excelente y es lo más llamativo de todo el evento. Bajarlo se hace medio bien, pero subirlo es un castigo para los gemelos y, si vas con varias cervezas de más, para el equilibrio.

Primera jornada: de Irlanda a la locura en el foso pasando por un eclipse

Después de una pausa de descanso y cotilleo por los diferentes rincones del recinto me fui a ver el eclipse. Fue todo un espectáculo que mereció la pena. Después me acerqué a presenciar el concierto de la irreverente CMAT. La irlandesa, referente actual del country- pop con alma indie, nos deleitó con sus letras y melodías bailables y, sobre todo, con su humor. Fue la primera que se subió al carro del Free Palestine y todo el público acompañó la proclama con cánticos. Para finalizar, se bajó al público y nos pegamos unos botes con ella.

Después de otra pausa para descansar, asistí a uno de los platos fuertes de la noche: Wet Leg. La banda inglesa de Rhian Teasdale y Hester Chambers (dueñas del post-punk revival más fresco) derrochó energía y presencia, y dio lugar a los primeros mosh del festival, es decir: los pogos a la portuguesa. Y no se quedó ahí la cosa, sino que también se animaron al crowd surfing: decenas de personas se dejaban llevar en brazos desde cualquier rincón hasta la valla de primera fila, donde avezados guardias de seguridad recogían a las personas en volandas como si se tratase de sus propios bebés. El público jaleó temazos como Magnetout, Chaise Longue o Wet Dream.

Aquí, otra pausa (de hidratación) y coger sitio en primera fila para el grupo que llevaba mucho tiempo esperando ver: Kneecap. Y vaya si mereció la pena. Los raperos de Belfast, que mezclan el inglés con el irlandés en su hip-hop, no se andan con chiquitas y salieron a darlo todo desde el principio. Al público le faltó poco para empezar con los pogos y el crowd surfing, pero cuando sonó Get Your Brits Out, la cosa ya se salió de madre.

Confieso que temí un poco por mi integridad física, ya que los empujones de los pogos eran bestiales, y los de seguridad no daban abasto a recoger a tantos surferos de brazos. Tanto es así que muchos directamente eran lanzados desde las primeras filas al foso (uno de ellos pasó por mis manos). Por fortuna no hubo que lamentar bajas (o eso creo). En un momento de la actuación, Mo Chara, quizá el más atrevido, pidió ayuda al público para conseguir drogas, ya que no se las habían dejado pasar por el aeropuerto. Después acudió a la zona donde yo estaba y una chica le enseñó una bolsa en la que ponía: This bag is full of drugs.

El rapero nos señaló y dijo: I love u. Por supuesto que el Free Palestine fue uno de sus mantras; la banda es conocida por el apoyo a Palestina y desde el inicio lo dejaron muy claro. Son muy irreverentes, provocadores y, sobre todo, muy divertidos. El final con H.O.O.D y Recap fue apoteósico. Toda una experiencia.

Terminé la noche pasándome por el escenario secundario, donde tenía previsto tan solo echar un vistazo. Lo que ocurrió es que los Get Down Services se marcaron un bolazo con su propuesta de brit-pop-rock, dance-punk y groove o lo que fuera, porque a este dúo británico es muy difícil clasificarlo en un solo género. Acabaron sin camiseta, besándose y bajando a hacerse fotos con el público; un público que no paró los pogos ni el surfing tampoco en este concierto. No se cortaron a la hora de «mandar un fuck» a Trump y a sus acólitos (incluso se lo mandaron al principal patrocinador del festival). Un gran fin de primer día.

Segunda jornada: talento de culto y el viaje a 1996

La segunda jornada comenzó igual que la primera: en la playa fluvial. Solo que esta vez sí me atreví a tirarme del trampolín; eso sí, sin dar volteretas. Estiré la mañana hasta fundirla con la sobremesa para presenciar el concierto acústico de Salvador Sobral y André Santos en el escenario situado en la misma playa. Un derroche de talento y buen gusto en clave de jazz y folk acústico que el público aplaudió a rabiar. El portugués Sobral es toda una estrella en el país vecino desde que ganase Eurovisión hace ya casi diez años, y demostró todo su talento vocal. Un acierto.

Por la tarde, en el recinto, comencé con el concierto de Aldous Harding. La neozelandesa, una auténtica maestra del indie folk y el avant-pop, tan peculiar como talentosa, tuvo problemas con el afine de su guitarra y paró la actuación para que uno de sus músicos —y expareja— se la afinase. Dio un recital de sensibilidad y buen gusto. Dicen que hay que separar al artista de la persona, y Harding es uno de esos máximos exponentes.

Hice una nueva pausa de descanso (las cuestas, el calor y el escaso sueño nocturno obligan a ello) y retorné al recinto para presenciar la propuesta de Pale Jay. El enigmático y enmascarado artista norteamericano se marcó un gran concierto al ritmo de su peculiar forma de entender el soul contemporáneo y el R&B alternativo. Alegó haber sufrido un accidente reciente y por eso bailó menos. Esto es un decir, porque no paró de contonearse durante todo el concierto. Me encantó y se lo recomiendo a todo el mundo.

Después pasé por la zona de prensa, que es una auténtica pasada, ya que está allí la televisión portuguesa SIC retransmitiendo todo el evento, y desde el balcón presencié el siguiente concierto. Los Hermanos Gutiérrez son dos auténticos magos de la guitarra. Su propuesta instrumental, repleta de aires de western y ritmos latinos, en un festival en la hora punta, se hizo aburrida (y esto es una opinión muy personal). Muchos decían que hubieran sido ideales para la puesta de sol, opinión que yo también comparto. No obstante, fue un auténtico placer escuchar a los suizo-ecuatorianos.

Cuando terminó, me deslicé por la cuesta hasta la primera fila. Quería presenciar lo más cerca posible el show de Underworld. La espera se me hizo larga, pero mereció la pena. Sí, es cierto que ha pasado el tiempo y que Karl y Rick, los legendarios pioneros británicos del techno y el trance, ya no son los mismos. Pero ¿quién lo es? Buenos visuales, buen espectáculo con el humo y mucha electrónica. Me pegué todo el bolo dando botes y cuando sonaron los primeros acordes de Born Slippy, mi mente se trasladó a 1996, al estreno de Trainspotting. El mejor final posible para un concierto inolvidable.

Todavía guardaba energías para más, y me acerqué de nuevo al escenario secundario a presenciar la propuesta de Show me the body. Una banda neoyorquina de rock hardcore y noise en la que el cantante lo dio todo y, cómo no, los mosh brillaron especialmente. No faltaron tampoco las proclamas para Palestina libre.

Ya que estaba, y como tardaron poco en hacer el cambio, finalicé el día con el set electrónico de Bassvictim, en el que aguanté hasta el final; en parte porque estaba rodeado de gente que me dificultaba la huida. Me sorprendió que terminara la sesión con un remix del mítico Enola Gay, de OMD. Muy acertado, la verdad.

El clímax del sábado: carisma mesiánico y decepciones sonadas

Al día siguiente, ya sábado, me paseé de nuevo por la playa para darme un nuevo chapuzón, pero volví pronto para comer ya que a primera hora me esperaba un plato fuerte: nada más y nada menos que Carolina Durante.

La banda española de indie rock y post-punk tocó a las cinco de la tarde bajo un sol de justicia; pero el Paredes de Coura tiene muchas cosas buenas y, entre ellas, que una parte del escenario está a la sombra. Así que muchos nos arremolinamos en esta zona y disfrutamos de la excentricidad de Diego y de su banda. No faltaron sus temas más míticos como Joderse la vida, Normal, Las canciones de Juanita… para finalizar con Hamburguesas y la inmensa Yo pensaba que me había tocado Dios. Un bolazo lleno de españoles y que seguro que los pocos portugueses que acudieron disfrutaron.

Nueva pausa de descanso, y vuelta al recinto bien pronto para tomar posición en uno de los conciertos que yo más esperaba: Benjamin Clementine. Me situé pegado al equipo de control de sonido (ya que dicen que es donde mejor se escucha) y esperé paciente a la llegada del londinense. Se hizo de rogar unos minutos (en Coura los conciertos son rigurosamente puntuales) que merecieron la pena. Ataviado con una especie de gabardina con el pecho al descubierto y en un escenario que vistió de blanco por los tres costados, el artista del art pop y soul de cámara demostró desde el primer minuto que su presencia era
casi mesiánica.

Empezó el concierto cantando de pie, para después sentarse al piano (o tocarlo también de pie). Tras la euforia inicial, el concierto pareció decaer, pero Clementine se encargó de revitalizarlo. Pidió al público que cantase una canción, y para salvar la distancia lingüística casi deletreó las palabras que componen el estribillo de Delighted: We lean, we learn, we earn, we turn, we burn. El público las coreó sin descanso al menos una decena de veces.

Poco después, el artista se atrevió a bromear sobre el consumo de la cerveza Super Bock por parte de los portugueses y por la llegada de un nuevo Cristiano Ronaldo. No cabe duda de que Benjamin tiene en el bolsillo al público portugués. El final con, primero Condolence, y después Cornerstone, fue de los que te eriza el vello. Creo que fue el concierto que más me gustó de todo el festival.

Acabado el show del artista londinense, guardé el sitio para presenciar a una de mis bandas favoritas: Bloc Party. Los de Kele Okereke, iconos del post-punk revival y el indie rock de los 2000, salieron dubitativos, tocaron muchas canciones del nuevo álbum y eso contuvo al público y a los respectivos pogos. Hasta que empezaron con el más conocido repertorio: Song for Clay encadenada con Banquet inició el delirio y el público empezó a responder. El ritmo volvió a bajar debido a que tocaron Pigwig, una nueva canción que apenas nadie se sabe (no sacan el álbum nuevo hasta septiembre) y retomó de nuevo el vuelo con Helicopter. Aquí el crowd surfing ya había tomado los mandos y siguió hasta el final con
Ratchet. Yo soy un ferviente seguidor de la banda, pero reconozco que este no fue su mejor bolo. A pesar de ello, lo disfruté.

Fui a presenciar la propuesta de Vendredi sur Mer (el sugerente proyecto de electropop y synth-pop de la artista suiza francófona Charline Mignot), pero duré poco porque no había tiempo que perder. Quería ver a M.I.A. de cerca, y este fue el peor error de todo el festival.

La rapera y productora británica de ascendencia esrilanquesa (icono del hip-hop alternativo y la electrónica) venía lastrada por su polémico apoyo a Trump, y a pesar de sus gritos de Free Palestine no consiguió ganarse el aplauso del público. Sobre todo cuando montó una especie de coro evangélico para cantar una canción de rezo a Jesucristo. Algo demasiado bizarro para este festival. Ni el final con Paper Planes la salvó de la quema y el comentario general del público fue de decepción.

Terminado este extraño show, fui dando por finalizado el festival, pero me quedaron unas gotas de energía para presenciar el concierto de Maruja, la explosiva banda de Mánchester que está revolucionando el jazz-punk y el post-punk. No duré mucho porque estaba agotado y porque no es que me gusten especialmente (lo sé, son buenos y tengo que escucharlos más).

El sábado no pude quedarme a ver a Amyl and the Sniffers, los implacables australianos que lideran el pub-punk mundial, y lo lamenté mucho por el camino de vuelta. Pero el deber personal me llamaba.

En resumen: el festival es una maravilla para los sentidos. Puedes bañarte en un río de aguas gélidas, hacer una barbacoa o cocinar con camping gas a orillas de la playa fluvial.

Puedes cargar el móvil en cualquier banco que te encuentres. Disfrutar de los mosh, del crowd surfing o, simplemente, sentarte en el césped de la parte alta del escenario principal a escuchar música más tranquila. La gente apenas graba con el móvil y todo el mundo entiende el español y se esfuerzan por que les entendamos. La cerveza es barata y la comida no es cara. Es un festival al que hay que ir al menos una vez en la vida, y yo se lo recomendaré a toda persona con la que hable de música de ahora en adelante.

Que vivan Coura y sus paredes. Que viva Portugal y su forma de entender la música.

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